El
Chanchi era así, tenía casi todo lo mismo que las personas que vienen de Japón, los ojos rasgados, el flequillo inmanejable, la altura, el mover los ojos antes que la cabeza. Tenía todo menos una, él no era japonés.
Esquirlas de una noche de “
sake” y niebla hicieron que viniera al mundo en agosto, junto con las flores del ciruelo.
Nunca aprendió a jugar al fútbol, y era horrible tirándole piedras a las luces de la plaza, pero que se yo, siempre fuimos los mejores amigos.
El tiempo se encargó de separarnos cuando nos hicimos grandes, el tiempo que sabe negociar con la memoria y nos pone primero en las lista de los recuerdos aquellas cosas que nos hacen bien.
Fue paseando un domingo que me acordé de él.
No sé cómo aparecí en esa feria, tampoco recuerdo bien si era una feria, los
techitos de media sombra, la telaraña de hilos y sogas que cruzaban el cielo y la gran cantidad de mostradores con artículos a la venta referían a feria. Globos, chicos corriendo y una ensalada de
cumbias me convencieron. Cerveza en mano me deje llevar por la
correntada humana.
Los vendedores se acomodaban alineados. Al final del pasillo central había un pasacalles que decía “Concurso de bonsái”, entré. Sigo sin saber el por qué.
Era una especie de exposición, todos
ordenaditos y separados por unos pedazos de caña
tacuara, en
mesitas de diferentes tamaños y formas. El pasacalle,
mágicamente, se encargaba de modificar la atmósfera, de este lado nadie hablaba.
El movimiento era de casi todos igual, caminábamos paralelo a las mesas, girábamos el cuerpo, nos agachábamos para leer el
cartelito y nos parábamos de frente al bonsái. Mueca de agrado y vuelta a empezar.
Había uno... no era el mejor, por lo menos para mí, pero el séptimo de la línea contando desde la derecha, (tomando la derecha como el primer árbol al lado del viejo bebedero de la plaza) me llamaba la atención. A diferencia de los otros, este no tenía hojas. Lógico, pensé, si estábamos en otoño. Pero los otros si tenían y supuse que en un concurso de este tipo en el que la gente votaba al que más le gustaba, venirse justo con uno sin hojas era una mala decisión y aunque un raro magnetismo me acercara, esperé a llegar siguiendo el ritual, paralelo, girar el torso, leer, mueca, seguir.

Acacia de tres espinas, pude leer en el
papelito que estaba
prolijamente acomodado al lado del bonsái, autor: José
Wsanawa... Era el
Chanchi.
Apoyé la cerveza en el suelo y levanté la cabeza buscando a mi amigo. Giraba, saltaba, cogoteaba hasta que en un movimiento tiré el vaso y una señora con la bolsa del pan en la mano me miró feo. ¡Un bonsái del
Chanchi! Lo primero que hice fue sacar el papel que me habían dado para votarlo, no me importaba nada, pero al mirarlo de nuevo algo me hizo pensar. Era un bonsái raro, sin hojas y unas cinco espinas rojas saliendo del tronco, como si fuese un bonsái de espinas y nada más.
Había pinos, azaleas llenas de flores, juníperos con formas
viborescas y ¡este aparato presenta un bonsái de espinas! Volví a estirar el cuello para ver si lo encontraba por algún lado, no había teléfono ni dirección ni organizador a quien pedirle un dato. Sólo la nena que daba estas
mini planillas y la urna al final del recorrido.
Puse mi voto y me fui. Giré de nuevo para encontrarlo. Nada.
Las manos en los bolsillos eran poca defensa contra el frío de la tarde, ¡un bonsái de espinas! repetí hasta subirme al colectivo, un bonsái de espinas...
El sacudir del
bondi invita a pensar, con hojas no lo hubiese mirado, me dije.
Sin dudas el bonsái de espinas tenía casi todo lo que los otros bonsái tenían, todo menos la habilidad del
Chanchi para que veinte años después pudiera volver a verlo a través de su pasión.
Gracias a todos los que apoyaron este blog en el
concurso, gracias a
Con vocación de espina a quien dedico este post.